6.11.08

TRENOS

V



Vinieron por el hueco

vinieron luego por la pared y los clavos

se llevaron ladrillo tras ladrillo

se llevaron los goznes

desmantelaron todo:

a pisotadas demolieron la escalera,

a puñetazos acabaron con los vidrios,

arrasaron con todo,

chamuscaron el pasto, pisotearon

tristísimos huesitos de paloma;

se llevaron el frío, se llevaron las últimas botellas,

se llevaron incluso la pared de enfrente,

se llevaron la cama y el montón de yerbas,

se llevaron la mesa y su montón de escombros,

se llevaron incluso los escombros,

arrasaron;

arremetieron después contra el silencio,

un gritadal dejaron en vez de aquel silencio,

deshilacharon más después mis alambradas,

sépase a mis puitas qué le hicieron,

pateáronme después mi fiel madero, mi astilla de querencias,

la dolorida armazón de donde cuelgan mis colgajos,

heláronme la voz heláronme la brasa,

se llevaron en fin, finada, a mi hosca huesa,

me llevaron a mí, me quedé solo,

di un traspiés, caí, caí hasta el fondo,

allí me derrumbé, me hice de herrumbre,

me puse a masticar mi triste hilacha,

pensé en llevar a hojalatear mis cuarteaduras

mejor me desistí, me eché un requiéscat,

un trago de mezcal,

cavé mi hueco

crepité

-concluye todo.


MAX ROJAS
CUERPOS V

LA POESÍA BRONCA DE MAX ROJAS, “EL AULLANTE”

2o Encuentro Latinoamericano de Escritores Tulancingo 2008

José Antonio Durand*

A Max Rojas se le conoce por su profunda vocación al sufrimiento. Parte de su ser de poeta está contenido en el libro El turno del aullante y otros poemas, que publicó Trilce Ediciones en su colección Tristán Lecoq, reuniendo dos libros de Max: El turno del aullante, de 1983 y Ser en la sombra, de 1986.

A partir de dicha publicación el nombre de Max Rojas ha recorrido de arriba abajo los vericuetos del laberinto de las emociones, especialmente entre los jóvenes, quienes se reconocen como lectores de culto a Max: un poeta de sesenta y ocho años cuyos textos desvanecen todo abismo generacional en tanto la universalidad del sentimiento que su poesía expresa.

Rojas se ha desempeñado como director del Museo-Casa de León Trosky (1994-1998), amén de un rosario de actividades de promoción a la cultura, en donde destaca su participación en la organización del Consejo de Fomento Cultural en Iztapalapa o el Circuito Museos del Sur, A. C., entre muchos otros.

Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2006-2009 y recientemente publicó Antología de cuerpos, Linaje Editores, con fragmentos de sus siete primeros libros de poesía.

Su espíritu bohemio lo ha llevado de esta a aquella cantina y de uno a otro encuentro de escritores. Su participación en el Taller Permanente de Poesía Cartago, fue fundamental para la producción literaria de sus integrantes, varios de los cuales han obtenido diversos premios por sus obras de contundencia inobjetable.

La poesía de Rojas es una invitación a aullar rompiendo el silencio y sembrando el dolor emitiendo múltiples gemidos en medio de aquellos recuerdos que nos hieren como hierro candente sobre la piel, inscribiendo en la carne viva la experiencia trunca de un encuentro que jamás llegó.

Sus textos constituyen el tiempo de lobos y luna llena, el tiempo de escuchar el llanto y las quejas de un poeta que salió no tan ileso tras sobrevivir una larga temporada en el infierno.

La colección de poemas que Max nos ofrece bajo el título de El turno del aullante y otros poemas entreteje vivencias personales de estricta intimidad, con textos que refieren una comprometida forma de pensar del ser que asume con inconformidad y rebeldía un sospechoso orden moral, que a la par denuncia y critica con fuerza y sin ambages como fórmula inequívoca del ejercicio intelectual del poeta verdadero.

La furiosa seriedad que campea en sus escritos son una muestra elocuente de la intención que lega al género. Es, sin lugar a dudas, otra forma de entender esta carcajada llamada vida. Y si no, cómo podría entenderse que haya en su libro poemas que deben leerse a las 9:30 y más de la noche so pena de morir en el intento.

En el contexto global de la conducta humana, “por hosco o burdo que sea el sentimiento, su transformación en palabra revela el esfuerzo cotidiano por domarlo y darle cauce como producto tramposamente neutro, para que no hiera, para que nos ablande el rencor” y perdonemos a nuestros deudores. Pero el poeta Rojas, de suyo iconoclasta, ateo irredento, no claudica ni otorga perdón alguno, y su poesía arremete para echar en cara la desfachatez de quienes se llevan todo, que lapidan el alma y devastan las paredes que contienen nuestros mejores sentimientos dejando en cambio solo escombros, pero no contentos con ello se llevan incluso los escombros para entonces, ahora sí, no dejarnos nada, absolutamente nada…

* Profesor de Humanidades y Presidente de la Academia de Extensión Universitaria y Difusión de la Cultura en la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza, UNAM

Fuente
http://www.tulancingocultural.cc/letras/elet/2008/reconocimientos/maxrojas.htm

Definen poetas 200 palabras y las publican en diccionario

Presentaron los libros "Palabras en poesía" y "De cómo los escombros dejan de serlo".

Ciudad de México.-Un grupo de 50 poetas mexicanos vivos definieron 200 palabras del idioma español y las publicaron en formato de diccionario, gracias a la iniciativa de los compiladores y vates Pablo Romay, José Cedeño y Jenny Levine.

El volumen, titulado "Palabras en poesía. Diccionario poético por 50 poetas mexicanos", fue presentado la víspera en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, junto con el volumen "De cómo los escombros dejan de serlo", el poemario más reciente de José Cedeño.

Durante la presentación, los dos libros fueron comentados por los bardos Dolores Castro, Max Rojas y Mario Bojórquez.

Romay precisó que "Palabras en poesía" no es un diccionario de poetas ni de poemas o de corrientes poéticas, sino que 200 palabras son definidas poéticamente por 50 autores mexicanos vivos, con excepción de Alejandro Aura, quien falleció durante la edición del volumen.

"Los poetas escogieron cuatro palabras de entre una lista de 400 seleccionadas por los antólogos. Algunos autores propusieron sus propias palabras, otras fueron seleccionadas y definidas a partir de su obra publicada. Las palabras son, al mismo tiempo, el título del poema", explicó.

Entre los autores que participaron están José Emilio Pacheco, Rubén Bonifaz Nuño, Dolores Castro, Eduardo Lizalde, Antonio Deltoro, Ramón Xirau, Max Rojas, Mario Bojórquez, Gloria Gervitz, Eduardo Langagne, David Huerta, Efraín Bartolomé, Marco Antonio Campos y Enrique González Rojo.

El libro está dividido en 29 apartados que corresponden a las letras del abecedario. En la parte baja de cada texto se indica el autor o, si es inédito, el nombre del libro o publicación del que procede.

El sentido lúdico está presente en toda la obra, pero también se puede encontrar la melancolía y la nostalgia, el amor y la ausencia, la muerte y el temor.

El otro texto presentado, "De cómo los escombros dejan de serlo", tiene prólogo de Max Rojas, quien aseguró: "no es el incendio lo que nos deja ver José Cedeño en su poesía, sino los carbones cuando están a punto de apagarse, pero igual queman, nos devastan".

El poeta, quien dirige la Casa-Museo León Trotsky, abundó: "cada poema y, más aún, cada verso de cada poema está cortado a la medida de lo que el poeta quiere que se diga. No hay excesos".

Durante el acto, el autor leyó un fragmento de su libro. "Hemos hecho del mundo un escombro con el progreso multiplicando la sangre; la sangre abierta, herida en sollozos, en abandono; en avaricias que pisotean los herrajes del hombre, de su tiempo, sus segundos, su carne, los sueños esbirros".

A lo que Max Rojas comentó: "la poesía, si es buena, levanta cicatrices. Es y debe ser un arma peligrosa que abra las heridas y, con ello, nos haga repensar la vida, la de cada uno y la de todos".

Notimex

El turno del aullante

Era como si el fantasma de un hombre que se hubiera ahorcadoregresara al lugar de su suicidio, por pura nostalgia de beberotra vez las copas que le dieron valor para hacerlo y preguntarse,tal vez, cómo tuvo coraje.Malcom Lowry, Bajo el volcán... y sepa dónde y cuándo apuñalaron mi cadáver.

A Valquiria

Caidal mi pinche extrañación vino de golpea balbucir sepa qué tantas pendejadas;venía dizque a escombrar lo que el almaje me horadaba,y a tientas tentoneó para encontrarseun agujero tal de tal tamaño que en su adentromi agujereaje y yo no dábamos no piesino siquiera mentábamos finarde donde a rastras pudiera retacharse nuestro aullidoEso es lo que me queda -dije- de tanta extrañacióncomo he tenido; un hueco nada más, y ya me crujodel tanto temblequear de que ese huecodel mucho adolorar se me deshuequey ya ni hueco en que caer tengamosni mi agujero ni mi yotan deshuecado invertebral volvidoque ni a madrazos mi almaraje quieraponerse a recoger su trocerío.Caidal mi pinche extrañación se fue de golpeluego de extremaunciar sepa qué tantas pendejadas;no le entendí ni madres de todo lo que dijo,pero sentí que era de cosas que desgracian.A buena hora se te ocurre - dije-venirme a jorobar con lo pasado,cuando que a puro ferretear me atasco el alma;si no fuera por tanto pinche clavo que me clavo,ya ni memoria ni aulladar tendría.A mí de sopetón una mujer me destazó en lo frío,y desde entoncesa puro pinche ardor me estoy enfriando.Ni lumbre en el finar del almaraje y sus trocitos queda,y sólo el agujero está y estamos dentromi esqueletada y yo y mis agujeros,a trompicones tentaleando fondopara por fin tener donde aventar el almay de una vez echar la moridera.Luego de extremaunciarme el esqueleto,mi pinche extrañación se fue de golpe;a tales rumbos me aventó de lejosque pura mugre soledad me fui encontrando;de arrempujón en empujón llegué a mis huecos,todo ya de oquedad hallado hoyado,y sin huesaje ya y sin nadaen que la agonición llevar acabo.Es frío -me dije- lo de agonir que tanto escalda,pero el asunto es memoriar lo que en trocitosdel almaje va quedando de esa mujer, y yo memoriode cuando me hoyancó, y luego hubo un desmadre talque estropició la elevación de los San Ángel,y memoreo, también, que al destazarmelos huesos se me fueron hasta un deshuesadero talque, entonces, mi agujereaje y yo crujímonos de frío,y a puro pinche enfriar hemos andado desde entonces.Extremahumado ya,ni un chinguirito de lumbre en el almaje y sus retazos quedapara lumbrar siquiera el huésar donde a tumbosvelorio a esa mujer que desahució mi almarioy cascajó, de paso, la ardidera.Una llagada me dejó, y qué llagada,y a luego hubo un friadal y un chingo más de cosasque a chingadazos, pues, me auparon la caída.Si así -me dije-, sin nada de huesary a puro bújero velorearé por siempre a esa mujermientras chinguitos del almar me queden,y siendo como es de frío lo de agonir que tanto escalda,mejor ya de uan vez me descerrajo el almay a ver en qué lugar la moridera boto.Ya ni mi triste corazón me aguanta nada,y ya que en éstas del morir me esculco muerto,dada la extremaunción, el último traguitomi agujereaje y yo nos lo echaremos solos.Briagados ya, y a tarascazos, dando fondo,vidriaremos por ahí a ver en qué mugre velorionos aceptan:resurreccir como que está bastante del carajo,y este pinche camión de Tizapán que ya no pasa,como que nada más hasta un barranco hubo llegado.
[junio de 1971]