19.4.10

Clamorosos Cuerpos en la vendimia: Carlos Olivares Baró

Los cuerpos se desnudan en la desigualdad que designa el augurio.
El cuerpo es una sospecha de abrojos.

Cuerpos que ondulan en los rincones del acecho: gestos que ensombrecen la furia y fortifican la lástima. Un cuerpo siempre conjuga los verbos en los espacios de la presencia: no hay futuro en los párpados. El pasado es reminiscencia en la rendija de la carne. Estos horcones maltrechos que somos: esa vendimia que fuimos.

Los encuentros se escriben como si fueran reglamentos: ya nadie va al tropiezo del silencio/ ya nadie se asoma al
azogue para traspasarlo/ ya nadie muda
los hervores /ya nadie muere mirando
la caída del recuerdo / ya nadie arde /
ya nadie se llaga / en el semblante de la
tarde.


“La poesía puede ser todo y puede ser nada”, me dice Max Rojas (Ciudad de
México, 1940), mientras desenvaina una antigua espada del centro de su mirada.

“Soy un solitario empedernido. Las palabras son mi único refugio. El lenguaje, un milagro…”. El humo del cigarro se ha robado el presagio. Yo entro al “Color ceniza todo”, me inscribo en la añoranza y repaso los vislumbres.

Dos libros de culto dentro de la poesía mexicana contemporánea: El turno del aullante (1983) y Ser de sombra (1986).

Su autor, un hombre que ve la poesía como una obsesión y como “la única manera de habitar el decoro”. “Mi primer libro, El turno del aullante, aborda el amor y el dolor como las caras de una moneda”: confiesa Max Rojas, ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Carlos Pellicer 2009 por Memoria de los cuerpos/ Cuerpos Uno (Versodestierro, 2008).

30 años de silencio.

Reinicio de un itinerario lírico que ya va por tres mil folios que abarcan 27 libros. Magno poema de alucinada configuración bajo la premisa de que “No hay Historia, / Cuerpos, / lo real es un espejo vestido de morado”.
Cuerpos bordando la prisa en el imperturbable tiempo. Los cuerpos, barcos
fantasmales en mares sin retorno, en playa sin dársenas, en impertinencia
que pulsan los peligros. “Si vuelvo a escribir será un poema con el título de no será el mismo.


Cuerpos

Un día me tomé un vodka y me salió un poema chiquito que no me decepcionó: empecé a fraguarlo todo; vino el diluvio universal y todo fluía y fluía.
Estaba escribiendo un único gran poema”, confiesa.

Cuerpos o un desafiante diálogo con la infinitud. Las palabras empalman las humedades y los pasmos. Las palabras se montan en el lomo del potro que espumea la noche. Las palabras se hacen cómplices de “los designios que obligan a los náufragos a comportarse / de manera extraña”. Las palabras avizoran los sigilos del tiempo y no dormitan la siesta.

Cuerpos o una contingencia lingüística de osada obstinación. Otro turno del aullante que despliega el clamor en tabaleo de ofertas filosas: hay que saber entrar a esa morada de sacrificios donde dos obispos, Vallejo y De Rokha, ofician de porteros. “Me nutro del dolor del Vallejo de Los Heraldos Negros, de la música de Neruda y los silencios de De Rokha”. Pocas veces la poesía hispana ha silbado con estas inflexiones trazadas
en algarabía de galopes cruzados.

Neologismos por necesidad de un habla que abarque aquello que la respiración inculpa. “Caidal mi pinche extrañación vino de golpe / a balbucir sepa qué tantas pendejadas / venía dizque a escombrar lo
que el almaje me horadaba”.

Poeta de honda y delicada furia acurrucada en las ambiciones de la palabra.
Max Rojas, un adolescente de 70 años que borronea en las dunas la clemencia, y conoce muy bien los sumarios del albor: clamorosos cuerpos, imperturbable tiempo…

Fuente: Diario La Razón, sección Libros, columna El libro de la Semana, pág. 30, 17 abril 2010